Resulta escamante la ausencia de sus obras en nuestros escenarios, cuando su teatro, tanto en su vertiente cómica como en su más célebre faceta trágica, es crucial no solo para la lengua francesa sino para la expansión y el asentamiento en toda Europa de una nueva forma de concebir el drama; por una parte, purgada de los muy nutritivos y a menudo desdeñados resabios medievales, y por otra y en su esfuerzo netamente renacentista, por rescatar los espléndidos argumentos grecorromanos. Y no encuentro otra explicación a su postergación de nuestra cartelera sino en la peculiar forma de emprender este mismo giro, tonal y argumental, por nuestra “comedia nueva” —eso que entendemos como el teatro del Siglo de Oro—, tan diferente de la acometida por Pierre Corneille, en Francia.

Reparemos tan solo en que nuestra “comedia nueva” es mucho menos retórica y carente del afán clasicista que exhibe el francés; al puntoque el más cercano de nuestros autores a su escritura dramática sería Calderón de la Barca, singularizado del resto de nuestros comediógrafos por su depuración declamativa y por su apego a los temas de índole culta, como indicaba en mi artículo anterior. Es más; ¿me pregunto si la llaneza y el desparpajo de nuestra “comedia nueva” no habría conformado —o quizá, simplemente lo explicitó sobre un tablado— un gusto muy distante del vibrante retoricismo corneillano y, por tanto, su falta en nuestros escenarios actuales se debiese sencillamente a esta secular y castiza sensibilidad?

De ser así, nos tropezaríamos de inmediato con una graciosa paradoja: su pieza hoy más conocida y el éxito que sin duda lo consagró en la Francia de su tiempo fue El Cid (1636), traslación de Las mocedades del Cid (1618), del valenciano Guillén de Castro. Circunstancia chocante si se ignora la realidad teatral de la época, cuando los argumentos eran tomados de cualquier parte y sin miramiento alguno, y por supuesto su gran virtud: la exquisita cuanto enfebrecida elocuencia con que Corneille rescribe la trama de Castro. No obstante; el genio de Pierre Corneille se nos perfila nítidamente cuando advertimos que su primera obra, la comedia Melita (1630), cosechó un triunfo tal como para procurar el establecimiento definitivo en París de la afortunada troupe que la estrenó, dirigida por Montdory, y entonces llamada la Compañía del príncipe de Orange, por su protector. Pero aún cabría destacar algo más y fundamental sobre esta eutrapelia: en su afán de huir del humorismo caricaturesco de los comediantes italianos, todavía apegados a la rijosa bufonería medieval, Pierre Corneille, a través de Melita, introduce un nuevo humor de agudos juegos irónicos que marcará el liviano timbre de la comedia francesa futura, cuyo gran maestro, Molière, apenas se demorará un par de décadas. Y en consonancia con este empeño por la innovación, pero en el ámbito trágico, alumbró seis años después El Cid, y tan novedoso que provocó Les Sentiments de lAcadémie sur la tragi-comedy (1637), volumen crítico de la entonces recién nacida institución contra las licencias exhibidas por esta tragicomedia —catalogada así, al modo español— y años después, retitulada por su autor escuetamente tragedia. Aquellas críticas eruditas no tanto censuraban su infracción a las unidades de lugar y tiempo aristotélicas como a la “verosimilitud” de la trama, pues el conflicto donde se sustentalos amores mutuos entre Rodrigo y Jimena, dado que el joven Cid ha matado al padre de su pretendida les parecía a los académicos inverosímil por parte de la dama. Sin embargo, esa fue la clave de la rotunda aceptación por toda Francia de esta pieza, a la vez que le reveló a Corneille el disfrute producido en el público por estas situaciones extremas, pues le procuraban el olvido de su áspera realidad. Y como consecuencia, estos “increíbles” conflictos constituirán los argumentos de sus piezas siguientes, a la par que acuñan la popular expresión francesa de un “dilema corneillano” —encrucijada dolorosamente irresoluble—; cuyo eminente resultado dramático fue la creación por Corneille de un tipo de héroe: alguien, cuya fortaleza anímica, le permite resolver, por imposible que se presenten, estos intrincados y angustiosos aprietos. Par de descubrimientos, a los que debo añadir un último y en ningún caso menor: el “final feliz”tan inconcebible en el género trágico, puesto que Rodrigo y Jimena acaban casándose. Ante lo que me pregunto ¿si en lugar de escribir una tragicomedia, como pretendía, Pierre Corneille no había plasmado el primer melodrama?

Aún estrenará una veintena de piezas más, donde abundan los argumentos tomados de leyendas romanas como en su Horacio (1640) o en su Cina (1641), entre algún asunto mitológico, como su formidable Edipo (1659), pero estos tres innovadores recursos apenas sufrirán variaciones y seguirán tan vigorosos como para guiar no solo su dramaturgia sino todo el teatro posterior; de ahí, mi extrañeza por su ausencia de nuestras carteleras.

Para concluir, no me resisto a mencionarles que, pese a aquellas críticas, Pierre Corneille fue admitido en la Academia francesa, con el asiento 14, en 1647 —a su muerte, en 1684, su puesto será ocupado por su hermano Thomas, también exitoso comediógrafo, y, además, que sus mayores beneficios literarios no provinieron de drama alguno, sino de la traducción del latín al francés, entre 1651 a 1656, del devocionario La imitación de Cristo (1427), atribuido a Thomas de Kempis; todo un deslumbramiento para aquel siglo e incluso para el siguiente, cuando llegará a superar los dos millones de ejemplares impresos.

Artículo anteriorEl método Gronholm, una obra sobre la realidad laboral
Artículo siguienteBernardo Rivera: “El teatro está para ser vivido en directo, en vivo”
En 1996 decidió dejarlo todo para dedicarse a la escritura. Entre 2004 y 2006 publicó un par de crónicas sobre guerras africanas y otra de asunto local, y en 2011, el ensayo Gaudí o el clamor de la piedra, que resultaría seleccionado como lectura recomendada en los cursos de doctorado de la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Madrid, mientras mantenía el blog Los cuadernos de un amante ocioso, publicado íntegro en 2015. Títulos a los que se debería añadir las novelas Stopper (2008), que sería distinguida como lectura imprescindible por el Dpto. de Lenguas Modernas de la Universidad Estatal de California; Las cuentas pendientes (2015), Un crimen de Estado (2017) y, por fin, Las calicatas por la Santa Librada (2018), que había resultado finalista absoluta del XXIII Premio Azorín, en 1999.